No sé qué se supone que haga ahora, querido Hugo. Ahora, que usted ha cruzado todas las puertas y ventanas, las verjas, la gran y la pequeña muralla china, los biombos, las ciudades invisibles, el último jardín. Las nubes no tienen ninguna forma en particular, ahora, lo sé. Ahora que soy capaz de recordar todos mis sueños, pero en cambio olvido los rostros y los crepúsculos. Ayer, a la siesta, la escuché a Susana llorando en el balcón. ¿Se acuerda de Susana, la del 3°c, esa mujererona alta y medio robusta, rubia como una playa? Yo hace meses no lloro ni picando las cebollas. Creo que Susana llora por las dos y quizá por todos los que viven en este edificio. No sé con qué fin le cuento esto, si usted está muerto. Vea lo que es la soledad, Hugo del alma, mi querido y viejo portero.
Atte La del 4b
Carta encontrada en el cementerio
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