Querido usted:
Me veo obligada a romper este silencio. Estoy hasta la coronilla, qué quiere le diga. Usted cree que puede hacer conmigo lo que quiera, y bien que lo venía haciendo. Un día, yo no se lo pedí, me llevó a su casa y me sirvió café. ¡Por días no pude dormir! ¡Por días! O cuando prepara té con canela. ¡Yo odio la canela! ¡Por el amor de las teteras! Usted es de lo peor. Jamás se le ocurrió pensar en lo que yo hubiese querido. Porque yo, de haber podido elegir, habría sido lapicero o recipiente para lavar pinceles. Yo nací para el arte, no para las infusiones. No le costaba nada preguntarme y nos hubiésemos llevado de las mil maravillas. Sepa que desde ahora pondré todo mi empeño en volcarme, en lo posible, apuntando hacia su regazo. No soy mala, pero usted no me deja elección.
Atte. Su taza.
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