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A la larga uno acaba por cansarse de ser alguien. Fantasea con el anonimato, la nadiedad. Adquiere un rostro común, ilegible, que invita a la omisión. Un día se le caen las huellas dactilares, esas flores de líneas de puntos. Inevitablemente se vuelve invisible, las puertas automatizadas lo ignoran y nadie se percata de uno más que ciertos animales mágicos: como los volantines y los semáforos.
No es suficiente. Uno anhela el donde; ser lugar. Por ejemplo: convertirse en calle, obtener nombre de prócer, sustantivo abstracto, fecha, río, país, etcétera. Trocar el odioso oficio de las letras por uno más noble que es permanecer, ser transitado y con el beneficio de la indulgencia en cuanto nos camine una mujer con vestido o pollera y elevemos la mirada.

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