No existe en todo el orbe ciudad más triste que Alféizar. La tristeza fue la característica que escogieron sus habitantes, convencidos de que toda ciudad precisa ser fantástica y única. Poseen intrincados complejos subterráneos, donde se erigen cementerios circulares para el cultivo del luto transgénico y plazas con palomas y catedrales para sembrar fugaces amores de verano que concluyen de súbito y en los peores términos imaginables.
La ley estipula que ningún ciudadano puede sonreír más de dos veces al año. Debido a esto las sonrisas son muy valoradas. Uno puede vender sus sonrisas o comprarlas a otros, sin embargo, son prácticas poco comunes, mas todos han oído de algún amigo de un amigo que ha sacrificado décadas de sonrisas para venderlas y poner una fábrica. Las sonrisas son acumulables, transferibles y hasta pueden cambiarse por risas a carcajadas. Una risa a carcajadas cuesta dos sonrisas los cinco segundos. Es de público conocimiento que hay quienes han sonreído sin querer, resultando en la pérdida de un bien muy preciado. Se considera un acto muy generoso y sublime regalarle una sonrisa a otro para que pudiera utilizarla cuando lo crea necesario, normalmente esta costumbre está reservada a los amantes y a los locos.
Alféizar también cuenta con las Entristecedoras. Un grupo de damiselas versadas en el arte de espaciar tristumbre por las callejuelas: de cuando en cuando, uno puede verlas esperando en alguna esquina, sentadas en un porche con paraguas dormidos en sus regazos, con los ojos picoteando el horizonte. Suelen recurrir a la arqueología memorial para ser más convincentes, el deceso de mascotas en la infancia, de objetos de gran estima olvidados en lugares solitarios - un guante en un campanario, una sortija, una bicicleta en la lluvia - o la partida sin retorno de un primer novio a un país de ignoradas lenguas y paisajes. Su especialidad es la lacrimosa influencia colectiva. Técnica que puede describirse en tres pasos: el abordaje del ómnibus, la consiguiente aislación en un último asiento y romper en llanto. El espacio reducido asegura su efectividad. Las más expertas son capaces de tener lagrimeando a moco tendido en siete minutos a los pasajeros, alcanzando el flujo lagrimal el nivel de los tobillos. Nada se compara a ver un transporte abrir sus compuertas y liberar las corrientes trístimas, mientras descienden los viajantes con los zapatos empapados.
Sería imperdonable no mencionar además las bodegas de lo clandestino, subrepticios sótanos en los que se reúnen los revolucionarios y subversivos a sonreír a quemarropa y cierta caterva de acreditados científicos y doctores en la eterna búsqueda de la fórmula de la cosquilla, risueña piedra filosofal. No obstante, los Agentes de la lágrima sostienen que estos refugios recónditos son pura teoría conspirativa farfullada por gaznápiros y desadaptados.
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