Silla gastada, mesa de árbol

Se había dormido. En cinco minutos apuñaló los zapatos con sus pies en medias de distinto color, material y estampado, y se salpicó un poco la cara. En el pasillo que conducía a la puerta que daba con el exterior había una bicicleta. No recordaba tener una. No le importó, la montó y salió a grandes pedaleadas al laburo.

El manubrio le pareció los cuernos de un caracol, como moviéndose, torpe y frío.

Su trabajo era raro. En esta ciudad que no se me permite nombrar, digamos, Silla gastada, mesa de árbol, todo era raro, en realidad. La gente de Silla gastada, mesa de árbol sentía una afición por los libros en cuanto artefactos, mas no su lectura, que se les hacía pura pamplina. Por eso nadie compraba un libro nuevo, nada había de interesante en ello. Su trabajo consistía en la metódica degradación de libros. Esto se llevaba a cabo mediante el continuo pasar de páginas a distintas velocidades, doblando bordes, agrietando tapas, dejando variados objetos que funcionaban de separadores de libros, boletos de colectivo, facturas, servilletas con poemas esbozados, cartas, listas de compras, entradas al circo, además a veces se señalaba párrafos o versos, se escribía mensajes en los márgenes, dedicatorias, de manera artificial - lo único que los habitantes de Silla gastada, mesa de árbol leían era esto -. Traer libros de otros sitios era muy costoso, o eso se creía. Por lo que se dedicaban a hacer todo cuanto pudiera convencer a la población de que estos libros eran traídos de otras ciudades donde las personas perdían su tiempo leyéndolos. Claro que esto era un gran secreto, los empleados estaban amenazados y las filtraciones, aunque sofocadas por la aplastante influencia de la empresa, eran castigadas de forma terrible y despiadada.

Nuestro protagonista no reparaba mucho en ello, era un buen trabajo, sacaba lo suficiente para comprar yogur de durazno y otras cosas de poca monta. Alguna vez habrá leído al azar, de pasada, a vuelo de pájaro, a nado de pez, líneas enteras, que aún recordaba: <<Tan impresionante como dos manos cortadas sobre una frutera[1]>>, <<mas mi triste tristumbre se compone de cólera y tristeza[2]>>, <<La elección de un día invariable de cumpleaños me ha permitido conocerlo tan bien que aun con los ojos vendados cumpliría mi aniversario[3]>>, etc.

Entonces se le ocurrió ir dejando estas líneas en las notas y demás escritos ficticios que se plantaban en los libros.

Dos años después lo pescaron. Se lo juzgó por haberle gastado la mayor broma a Silla gastada, mesa de árbol en la historia. Juicio que no fue público, nadie fuera de la empresa debía saberlo.

Se lo condenó a usar zapatos de mujer por un mes y prohibiósele el yogur y lavarse detrás de las orejas de por vida.

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[1] Raúl Gonzaléz Tuñón, Poema que compuso Juancito Caminador en homenaje a Adolfo Gustavo Bécquer, de Canciones del Tercer Frente 
[2] César Vallejo, Por último, sin ese buen aroma sucesivo... , de Poemas póstumos 
[3] Macedonio Fernández, Aniversario de Recienvenido, De Papeles de Recienvenido

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