Pájaros amarillos

No podía dejar de mirar el árbol. Desde que comenzó el otoño no le había quitado un ojo de encima. Después de dos meses ahí estaba, el señor árbol, amarillo y con cada una de sus hojas decididas a no soltarse por nada del mundo.

Una noche de viento que daba vuelta los autos y hacía un ruido espantoso, como si un monstruo intentara succionar todo lo que había en la superficie de la tierra, pensó este es el día. Una cuando menos tenía que caer. Las hojas doradas vibraban con tal fuerza que parecía que la copa se había prendido fuego. Sin embargo, ni una hoja cayó.

No entendía que le pasaba a ese porfiado árbol. Su mujer le decía que lo dejase en paz, que le iba a causar mal de ojo, que capaz era tímido y no podía desnudarse si lo estaban mirando, que se acueste. Que no podía pasarse el otoño mirando un árbol.

Mas él estaba decidido a llegar hasta donde fuera preciso. Total no necesitaba dormir o parpadear, por una curiosa enfermedad que contrajo en su infancia, cuando una extraña flor azul, acaracolada, lo picó en la nariz, en un sueño. Mientras estuviera desayunado e hidratado, podía pasarse la vida, si fuera necesario, mirando el condenado árbol.

Terminó el otoño, y regresó y volvió a marcharse tantas veces, y nada.

La noticia llegó a los diarios locales y luego a los nacionales e internacionales. El hombre y el árbol, cernidos en un duelo de miradas que había durada una década y ninguno parecía ceder ni un poco. Siempre fue un hombre obstinado, dijo su mujer a la prensa, cuando se le mete una idea en la cabeza no hay forma de detenerlo, es como un toro. ¿Y no siente que su marido la ha abandonado?, preguntan, no sin cierta malicia, los periodistas. En su rostro está claro que la han ofendido. Por supuesto que no, dice, si ese hombre dejara de mirar al condenado árbol tan sólo un instante ya mismo lo dejaría. Así no es el hombre con el que me casé, sentenció con los ojos colmados de lágrimas.

La barba blanca como una nube cuidadosamente deshilachada cubría sus pies. La contienda alcanzó el cuarto de siglo. Su mujer tenía que viajar a visitar a un pariente enfermo, por lo que iba ausentarse una semana. Le dio un beso en la mejilla y posó su mano suave y pequeña como un pichón sobre la suya, en un acto mayúsculo de amor, y se despidieron.

Seis días más tarde lo impensable: una partícula de polvo le entró en el ojo. Empezó a lagrimear, luchó y luchó, pero al final parpadeó. Parpadeó. Eso fue suficiente. Cuando volvió a contemplar el árbol, éste estaba desnudo. No, no, no, no, se repetía, no puede terminar así; y salió corriendo de su casa y dirigió sus pasos hacia donde se encontraba su antiguo oponente. No podía creerlo: ni una condenada hoja a los pies del árbol. Ni tan sólo una. Sintió que el corazón se le achicaba y quiso llorar con todas sus fuerzas, de la única forma en que un hombre puede llorar. Entonces, entonces oyó un aleteo y alzó la vista. El cielo era un macramé de pájaros amarillos y naranjas, crujía en una llamarada viva de plumas. Era tan hermoso y no podía dejar de llorar. Sabía que esta era la clase de cosas que no estaban hechas para que los hombres las viesen, pero ahí estaba él. Ahí estaba él.

Cuando su mujer regresó a casa lo encontró enterrado bajo un cúmulo de hojas secas, tenía las manos en cruz sobre el pecho y sonreía. Había muerto.

El siguiente otoño el árbol estaba poblado otra vez por las hojas amarillas y éstas jamás volvieron a soltarse; aunque la mujer estaba segura de que si uno lo miraba por un tiempo y luego cerraba los ojos de golpe podía oír los pájaros, podía oírlo entre los pájaros.

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