Todo tiembla

Nada se detiene. Ni siquiera el hombre que inmóvil en medio de la plaza mira las palomas. Debajo de su carne oscura su sangre corre, tal vez, su lengua acaricia ahora mismo sus dientes, y, con toda certeza, sus pensamientos laten como telarañas vivas en el interior de su cráneo.

Las hojas caen y crujen. La mano de una muchacha rubia tiembla al sostener un cigarrillo, y el humo desciende en un delicioso adagio desde sus fosas nasales del tamaño de semillas de girasol, ignorando, seguro, que hace menos de doscientos años un temblor que se sintió hasta en esta ciudad acabó con la vida de doce mil personas. Y autos, bicicletas, niños, insectos en la hierba, una lata de coca cola siendo aplastada, camiones de basura.

Todo llega, todo se despide. En este momento, alguien toma un avión, alguien lee una carta, alguien hace el amor, alguien concluye su carrera en antropología, alguien consigue trabajo de conserje en un jardín municipal. Mientras tanto, ella se aleja en un tren y mira como él va quedándose a cada segundo más solo, alargándose la silueta, pareciendo, acaso, un signo de exclamación de apertura.

Yo también debo soltarme del árbol, no puedo pasarme la vida comprobando el paracaídas.

Odio tanto cortarme el pelo.

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