Shelley Duvall:
Dos meses he pasado en este islote ya.
Yo y medio barco, y las palmeras, y arbustos de frutos pequeños como cerezas, y la arena como un plátano durante el día y azulísima en la noche.
La voz se me ha puesto áspera, como a Tom Waits, por el agua salada.
Mi barba y bigote se han sonrosado por mi dieta a base de esos frutos que le mencione, cuyo nombre desconozco.
Cuando tengo suerte puedo comer pescado o esponjas.
A veces llegan pájaros, sabe, pero soy incapaz de hacerle daño a lo que vuela.
El viento se enreda entre las hojas y el cabello y las olas que en manadas líquidas pacen en la orilla y susurra estribillos de los Beatles.
Ocasionalmente hablo con una piedra con la apariencia de una cabeza con un hueco en la nuca, que decidí llamar Jota Efe Ka.
La luna aquí está más cerca, tanto así que si uno se pone en puntitas de pie puede tocar con las yemas su láctea barriga.
Llueve como un horóscopo, algo breve y tonto, a diario.
Hace unos días sucedió algo harto curioso: una botella de vino espumante llegó boyando, pero lo extraño era su contenido: gelatina de pensamiento, la flor.
¿Lo imagina? ¿Qué hace un postre tan curioso dentro de una botella?
Comí la gelatina usando el meñique como cucharita y guardé las flores en la oquedad de mi piedra céfala.
Fue entonces que supe que escribiría un mensaje.
Sin embargo, no sabía sobre qué habría de escribir ni para quién.
Y, pum, su nombre fue el primero, o el último, que me vino a la mente.
Usted fue la última persona con la que hablé antes de empezar este caprichoso, y desastroso, periplo.
Fue en un viaje en micro en que nos sentamos juntos, yo le dije, de repente, que me recordaba a la actriz que hacía de Wendy Torrance en The Shining, la que tiene los dientes que hacen cosquillas, y usted aseguraba que no sabía de qué le estaba hablando.
Durante esos quince o veinte minutos la amé.
Aunque eso ya no importe.
Así como fue la última persona con la que hablé pensé que tendría sentido que fuera la primera a quien le escriba.
Ergo, le escribo.
¿Sabe? Cuando la vuelva a ver le pediré que se case conmigo; será en un café y en invierno, tendrá una bufanda hasta los pies, unas botas azules que harán un ruido particular al caminar que yo no podré olvidar, comerá tostadas que desprenderán al ser consumidas un polen como harina otoñal y le causará mucha gracia mi bigote que tendrá un aire al de Groucho pero rosa.
Por supuesto, usted dirá que no.
Mas, será una linda forma de romper de hielo.
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