Durante años he acechado un paisaje inconcluso, incapaz de completarlo. En un parque alto, la estampida del otoño puede oírse en el viento, mi primera novia y yo, subrepticios, donde el terreno comenzaba a deprimirse; y, luego, sólo relámpagos, luciérnagas, fragmentos, pecios en la memoria, a tientas, su nariz aborregada rozando la mía, la lectura de un poema chino, bizcochos, el cosquilleo de mi bigote en sus huellas dactilares al deshacerse de la migas, una flor de pétalos irregulares y alargados extrañamente grabada en el mango de una cucharita con la que comíamos gelatina de frambuesa. Después una escalera cuyo descenso nos causó vértigo, con esa sensación de contemplar un cometa, en la que, distraídos, nos tomamos las manos, hasta que recordamos que todo había concluido y nos sentimos avergonzados y miramos al suelo todo el camino de regreso, a través del túnel de árboles genuflexos.
Esto, con el tiempo, devino en un terrible padecimiento: me es imposible visitar parques. Basta con el visionado prolongado para que rompa en llanto, un llanto compulsivo, que no cesa, sino hasta caer hecho caracol, larva, aterido, sudando un líquido escandalosamente amarillo. Estado del que salía sin explicación alguna en una semana exacta.
Además, debería agregar que todas mis relaciones se han visto truncadas en otoño. Sin importar que tan sumido me creyera en ellas, enamorado o enternecido. Llegado el final del verano algo en mí se apagaba irreversiblemente, tornaba la más pequeña cosa en una diferencia irreconciliable. Ya fuera el silbido nasal al reírse de Laura, el hecho de que Marina llorase con las películas de caballos o el moscardón azul tatuado en el cuello de Fernanda, que se me hacía zumbaba socarronamente aun salpicado en su lechosa epidermis.
También estuvo Romina. Nos esforzamos tanto y, sin embargo, en balde. Aún distanciándonos durante todo el otoño, evitando las palabras que empezaban con r, dentro de lo humanamente posible, ocultando sus fotografías, cartas, mensajes, cada cosa que ella me diera o pudiera, remotamente, recordármela. Sucedió que un día antes de primavera un compañero de trabajo, ajeno al maleficio, se le dio por preguntarme por la chica con la que estaba saliendo, rompiendo así el sortilegio. Esa noche quise llorar como un viudo, pero ya no sentía absolutamente nada por Romina.
Por supuesto, siempre he sabido la manera de acabar con este mal: haciendo nítido aquel paisaje, sostenerlo entre las manos como una estrella cenicienta. A pesar de que he puesto todo el empeño en ello, jamás lo conseguí. Intenté con la terapia hipnótica, videntes, tarot, peyote y, claro, localizando a mi primera novia que, lamentablemente, falleció unos meses después de aquella tarde en el parque de un paro cardíaco, durante un concierto de ballet.
Con los años acabé por fundar el Club del maleficio en los parques en otoño. Donde conocí personas que padecían de lo mismo que yo, aunque en diferentes grados.
Rodolfo, por ejemplo, le aconteció que estaba con su pareja de aquel entonces, Marcelo, y viendo Höstonatem de Bergman se le fue todo el amor. O Maribel que volviendo del súper una tarde oyó, sin querer, el allegro pastorale de L’Otaunne de Vivaldi, olvidándose hasta el nombre de aquel dentista del que se había enamorado tan profusamente en invierno. Anastasia, nuestro único miembro por carta, ya que a ella le sucede al contrario, cae en estado semi comatoso si intenta salir del parque, por lo que viaja, asistida por amigos y familiares, dormida, de parque en parque por todo el país. Por último, la adorable Clarisa, que sólo puede amar en otoño.
Las actividades del Club me han ayudado a no derrumbarme.
Mañana iremos a visitar a Anastasia. Tenemos la teoría -¡la esperanza!- de que si todos vamos vendados podríamos burlar el maleficio, aunque sea un poquito.
Quisiera solicitar la membresía de ese Club. Ya van dos otoños de relaciones truncas, década de por medio. Necesito estar preparada para 2025.
ResponderBorrarEl incoveniente con el Club del maleficio en los parques en otoño es que éste poseé una de las cualidades más curiosas de los reinos ultraterrenos, del mismo modo que la Ínsula de Barataria, su anclaje a nuestro plano de existencia no es más que espisódico.
BorrarPero no desespere, si el Concilio Otañabundo delibera su admisión, le aseguro que recibirá sin dilación una invitación en una hoja seca de aroma ocre, escrita en una lengua imaginaria que sólo puede ser comprendida mientras se hace pito catalán.