Existe un pueblo a siete kilómetros de la ruta nacional en el que todos los veranos, desde tiempos inmemoriales, se han dado lluvias nocturnas de bichos muertos en cantidades alarmantes.
De toda clase, desde vaquitas de San Antonio a libélulas, mariposas, polillas, cascarudos, cigarras, grillos, bichos bolita, tuquitos, langostas grandes como pantuflas y otras clases de criaturitas desconocidas fuera de la zona como son: la cornetita patona, el violín para esquimales, el submarino mapundún y el paridtenomúrumticusisidunrnt o bigotito nietzscheano.
Este hecho que algunos podrían considerar como alguna especie de maldición es visto con buenos ojos por los nativos, ya que no solamente atrae turistas adeptos a las cuestiones poco factibles, sino que además ha generado diversas y polémicas fuentes de trabajo. Desde Barrenderos estivales hasta cargos en el Departamento de artropomanométrica y afines; aunque todo buen hijo de vecino desde niño anhela un puesto en la Oficina de trivialidades específicas, donde se hacen meticulosos estudios, como el escrutinio de patitas y antenas o el seguimiento y trazo de constelaciones formadas por los cuerpecitos de una misma especie, que a pesar de tener una alta tasa de resultados no satisfactorios, también ha dado con los mayores descubrimientos, y orgullo de esta particular esfera de la praxis humana, como son la formación del tobillo izquierdo de Marilyn Monroe por una miríada de moscas de fruta o la ceja de Bela Lugosi tramada por medio centenar de abejorros.
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