Cuchillo

Marcos se compró un cuchillo. De mango de madera olorosa y taciturna, emperifollado preciosamente. La hoja afiladísima, ligera y danzarina. Era un pez plateado en su mano, un pájaro relumbrante.

Con él cortaba el pan y la carne, picaba las cebollas, trazaba siluetas en el aire, hacía incisiones a viejos textos, pelaba naranjas, abría frutos carnosos, grababa figuras extrañas en las patas de la mesa.

Tenía una funda para él, oscura, de agradable tacto, que usaba para llevarlo a todas partes cuando salía. En los veranos sofocantes su fría hoja era suficiente para recordarle el invierno de su infancia montañosa.

A veces pasaba las tardes jugando con él. Haciendo malabares. Estaba seguro que era inmune a su corte, a su caricia punzante.

Una tarde Nilda fue a su casa. Iban a cocinar juntos. Suena el teléfono, Marcos lo atiende, es su madre. Nilda toma el cuchillo, lo examina, intenta que despliegue esas peligrosas acrobacias que hace para Marcos. Se lastima el pulgar. La sangre se abre paso ínfima hacia ambos lados de la grieta en la yema, como alas de una mariposa.

Comen, beben, se ríen. Nilda no puede quedarse. Se toma un taxi hasta su casa.

Marcos, ahora que está solo, toma el cuchillo, lo pone en una caja de zapatos y lo deja para siempre bajo la cama.

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