Las piezas llegan en una caja como de bombones. Ensamblada tiene el tamaño de un puño. En la parte superior está el botón que la pone en funcionamiento. Hacía un mes que la teníamos en casa y no nos decidíamos. Tomamos té juntos antes de hacerlo. Estefanía apretó el botón. Los dos cerramos los ojos, como en un beso. Al abrirlos nos miramos un momento.
— No funcionó. — Dijo.
Llamamos a los técnicos. Vinieron y la revisaron. No había nada malo con el aparato. Otros especialistas arribaron y nos hicieron ciertas pruebas. Todo estaba bien. No daban con una explicación. Los dejé discurriendo en el salón y me fui a la cocina con Estefanía, que esperaba a que se fueran para llorar. Lavaba los platos sólo para hacer tiempo. La abracé por detrás, puse mi cabeza sobre su hombro y ella apoyó su mejilla contra la mía. No sé aún cómo decirle que en mí sí había surtido efecto.
La máquina del desamor
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