Todavía

Había leído el anuncio en el diario. Coleccionista compra epístolas de amor. Así que ahí estaba, a punto de deshacerse de ella. Tocó la puerta y lo atendió un anciano. Era una pensión. Le entregó la carta y el hombre asistido por una lupa la revisó para corroborar su autenticidad. No la quiso. Le pidió amable y terminantemente que se retirara. No podía decírselo. Las cosas no funcionan de ese modo. Eran las letras como jaurías de raíces de tinta o venas. Esa carta estaba viva. No podía tenerla. Hubiera sido como guardar un pájaro en un cajón.


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