El señor del quinto b está seguro de que hay peces plateados en las cañerías del viejo edificio. La gente no se da cuenta porque son muy, pero muy, chiquititos; además, su color espejado hace aún más complicada su detección a través del chorro cristalino.
Nunca vio uno, no obstante sabe que están ahí, buceando hacia abajo en las columnas líquidas al abrir las canillas, moviendo sus aletas dorsales y anales campantes en su cilíndrico escondite.
Percatándose de que cada vez que llenaba un vaso o una olla cabía la posibilidad de que terminaran bichitos escamosos en los recipientes, decidió esparcir el rumor de que el agua del lugar estaba severamente contaminada, con la esperanza de que esto evitara que los otros inquilinos los bebieran o escaldaran vivos.
Lo que no sabía era que ahora que los animalitos acuáticos no eran mermados con debida frecuencia, su cardumen crecería hasta desbordar los túneles oxidados, con tal fuerza que el inmueble acabaría por venirse abajo.
la compasión siempre termina por fastidiar el orden del universo
ResponderBorrarEstoy seguro de que los alemanes, esa gente rubia como su cerveza, tan dados a los términos abstractos, deben tener una palabra para ello, provocar puras catástrofes queriendo hacer las cosas bien. Me gustaría tener esa palabra, así, en la mano, no hacerle daño o romperla, pero sí preguntarle, a qué se debe su insidia para con mi persona. Quizá hasta podríamos ser amigos.
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