Ella vive sola. Tiene dos vestidos verdes y libros con flores secándose en su interior. Cuando están aplastadas, hechas lámina, cáscaras, las extrae y las coloca en bolsas plásticas de cierre hermético. Posee muchísimas. A veces las saca, cuidadosamente, y las pone en la cama formando constelaciones. Es incapaz de recordar el por qué de dicha práctica.
Todas tienen nombre. No de persona o cosa, sino de lugar.
Cierta ocasión, una corriente de aire, granuja, malevolente, arrojó en torbellino un gran número de estas a través de la ventana abierta, que si hubiesen sido avistadas ineludiblemente las habrían confundido con los suicidas planos del otoño.
Ahí estaban, sus ciudades chatas sobrevolando aquella, no tan distinta, en realidad, ignorante del suceso mágico, de que Manhattan, Lima, Río Cuarto, Kiev, Sucre, Belfast, planeaban entre sus rascacielos, vueltas jazmín, rosa o amarilla flor de maní, para luego desmoronarse contra su rígida dermis que lo hace pensar a uno en un pétalo ceniciento.
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