Viridis tigris

Los tigres verdes beben a los pies de las muchachas en Glaucocín. Porque, como todos sabemos, las muchachas en Glaucocín lloran por los pies.

Hay que verlas en los parques específicamente erigidos con este fin. Un sinnúmero de muchachas descalzándose para lagrimear lo más campantes. No es que las muchachas de Glaucocín tuvieran mucho por lo que llorar, sino que dedican su ocio al premeditado llanto por si las moscas. Ahorrándose de esta manera lloriquear a futuro y mojarse los zapatos de imprevisto, idea que las consterna sobremanera. Debido a esto siempre que tienen tiempo, se vienen al parquecito, se quitan los señores zapatos y abren las canillas podales. A veces mientras se pintan las uñas o se dan melindrosas tincazos en la punta de la napia (secretísima zona erógena).

Las muchachas de Glaucocín alimentan a los tigres verdes con palitos de la selva y secretos. Esto último es la merienda favorita de los grandes felinos. Si el secreto les gusta mucho, se quedan con la muchacha durante todo un día. Las acompañan a casa y les sirven de inmensos y ronroneantes peluches a la hora de dormir. Las muchachas entonces están obligadas a nominarlos. Estas designaciones, en lo posible, no deben ser iguales a otras que otrora alguna muchacha hubiera escogido. Así que deben recurrir a malabares con impensables fonemas y sonidos inhumanos.

Ejemplos de nombres irreales: Juan o Carlos. Seamos honestos, ¿quién se llamaría Juan o Carlos en este mundo? Absolutamente nadie, por supuesto.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario