Luto

No supo por qué pero no fue capaz de hacer la cama. A unos pasos del ventanal le sobrevino lo siguiente: un barco sobre la arena color dromedario; en un principio, inmóvil, luego, bamboleándose, sacudido por el rojizo siroco. Era tan suyo esto de boyar por el légamo del sueño incluso despierto.

Se miró los pies y recordó un puente metálico bajo el cual acaecía una gran avenida iluminada por el sodio, donde se detuvieron, él y ella, para llevar a cabo lo ineludible en tales circunstancias: ejercer presión con las plantas de las zapatillas, dar saltos enanos para comprobar de manera rigurosa la estabilidad, deseando silenciosamente que se viniera abajo, aun cuando los condujera a ambos contra el pavimento nigérrimo y a merced del ignaro tráfico.

Decidido a concluir aquella tarea alargó la mano para tomar el extremo de la sábana azul. Sin embargo, le fue imposible y, en cambio, terminó con un huevo de gallina araucana en el centro de la palma.

Con los dedos erigió un cavernoso refugio y así lo sostuvo durante semanas, tras las cuales acabó por volverse zurdo. A los seis meses ya era capaz de cortar la carne usando el tenedor con el índice y el dedo mayor mientras hacía de serrucho con el cuchillo asido entre el meñique y el anular. Cumplido el año la cáscara se resquebrajó. No había polluelo o albúmina, sino una lágrima y otra, y otra: un llanto ovíparo prorrumpido desde la fárfara.

Fue al jardín y enterró la cápsula marchita. Ya nunca más sería diestro.

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