Nilda invitó a Marcos a su casa para tomarse un espumante y comer unas oreos. Después de treinta y siete minutos, dos cigarrillos, una breve charla sobre El origen de las especies y unas palabras en un francés tan mal pronunciado, como para hacer llorar a la torre Eiffel, terminaron en el sillón color mandarina de Nilda. Entonces, como por arte de magia, Marcos encontró un destornillador magnetizado en el largo pelo que olía a manzanas de Nilda. Para Marcos los destornilladores magnetizados eran las herramientas más sublimes entre todas las herramientas, por lo que cortó en seco lo que hacía y se puso a desarmarlo todo. Muebles, electrodomésticos, juguetes, la pierna ortopédica de Nilda (consecuencia de una trágica tarde de otoño en la que inexplicablemente cayó por la ventana durante una pelea de almohadas). Como si fuera poco terminó desarmando a Nilda. Marcos se aburrió y se fue a su casa a ver dibujitos hasta tarde.
A la semana, volvió a ensamblar a Nilda, sin embargo, notó que le sobraban tornillitos, que silbando, y como quien no quiere la cosa, ocultó bajo la alfombra. A Nilda ya no le hacía falta la pierna ortopédica, aunque desde ese día comenzó a sufrir un extraño tic en el ojo cuando veía un destornillador.
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